Historia sobre un niño lustrador a quien le robaron lo que había ganado durante el día

El niño de la fotografía se llama Aníbal, tiene 8 años y trabaja lustrando zapatos acá en la Ciudad de Guatemala. Me lo encontré hace poco sentado y llorando en un acera (tal cual se mira en la fotografía). Me detuve para preguntarle qué le pasaba. No podía responderme porque lloraba mucho; cuando logró calmarse un poco me explicó que lo habían asaltado y golpeado (tenía sangre en la boca). Le habían robado casi 100 quetzales (unos $15) que había ganado “lustrando botas”. Yo creí que su llanto se debía o al golpe que le dieron o al dolor de haber perdido lo ganado. Pero no. Lloraba porque “mi mamá me golpea muy fuerte si no le llevo cien quetzales todos los días” (así me dijo). Le pregunté dónde vivía y me respondió que en la Zona 8 (estábamos en la Zona 1). Según me comentó, él sale todos los días antes de las 7 de la mañana a lustrar zapatos y debe llegar no antes de las 4 de la tarde. Viene solo y se regresa solo, tomando los buses necesarios. Tiene 8 años, recuerden.

¿Y la escuela? Ni le pregunté; tenía las manos demasiado negras de betún (también su ropa y su carita), lo que hacía suponer que lustraba zapatos todos los días, todo el día. ¿Y su niñez? Esa sí es una buena pregunta; pero no sé si un niño que está obligado a trabajar con un horario de adulto (y en condiciones tan extremadamente riesgosas, obligadas e injustas), se sentirá niño o se sentirá adulto. “¿Y dónde comes?” le pregunté. “Me traigo un panito de mi casa”, me respondió entre sollozos, mientras limpiaba las lágrimas con sus manitas tiznadas.

Mientras yo hablaba con el niño llegó un contingente de policías, que detuvieron su patrulla cuando iban pasando por allí. Preguntaron qué pasaba, y les expliqué. Entre todos ajustamos los 100 quetzales que Aníbal necesitaba para no ser molido a golpes en su casa; pero no pudimos convencerlo de que se regresara, porque dice que también lo golpean cuando llega antes de la hora (4 pm).

Obviamente, los 100 quetzales lo único que le solucionarán a Aníbal es librarse de una paliza, pero mañana deberá nuevamente tomar el bus que lo traerá al mismo lugar. ¿Cuál será la solución? No sé. A mí me hubiese gustado que de esos policías que se acercaron, por lo menos unos dos hubieran tomado al niño y se hubiesen ido a buscar a la mamá (y al papá, si lo tiene) para hacerles unas cuantas preguntas. Pero no sucedió así.

Mientras tanto, Aníbal, y muchísimos otros niños limpiabotas, estarán condenados a vivir una niñez precaria (sin escuela, sin familia, sin Estado), una niñez de rodillas, tiznada y en la calle.

 

Esta historia fue escrita por Fray Marcos Quezada en el muro de su perfil de facebook.

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